1
Tap, tap, tap y deslizar. Tap, tap, tap y deslizar. Mauricio hace girar distraídamente una pieza de ajedrez entre sus dedos. Contempla la calle desde la ventana del salón. Árboles empapados, charcos por doquier en el asfalto, algún transeúnte que se guarece bajo el paraguas para evitar la fría llovizna. Un cielo densamente gris.
- ¿Qué haces? –la voz de Susana le arranca de su ensimismamiento. Va cargada de libros. Mauricio se gira para mirarla. Comprende entonces que la mudanza ha llenado de sueños y promesas la vida que ambos comparten, aunque la parte fea del asunto es tener que decorar su nuevo hogar.
- La verdad es que nada. –responde él, casi melancólico. Un leve gesto de asentimiento por parte de su chica le indica que comprende su ligero malestar. Nunca es fácil acomodarse a una nueva casa, tanto menos si han pasado apenas cinco días. La cosa toma forma poco a poco, claro, pero aún quedan cosas por hacer- ¿Te ayudo?
- No, no te molestes, cariño. Sólo tengo que poner esto ahí. –señala con la cabeza las estanterías medio vacías- No soporto ver esos inmensos espacios sin libros. Hay que llenar la casa con ellos. Ya sabes que me encanta leer, aprender…
Susana se entrega entonces a una larga diatriba sobre el estudio y el conocimiento que encierran los volúmenes de toda clase y condición. Siempre lo hace cuando habla de los libros. Resulta evidente que disfruta con ellos. No en vano, ejerce de maestra en una escuela privada. Pero su voz se apaga lentamente en la cabeza de Mauricio. No le está prestando atención. Mirando por la ventana de nuevo, frunce el ceño. Hay alguien frente a la entrada de su casa, sin paraguas, mojándose.
- Oye, Susana, ¿quién es ese? ¿Algún vecino? –cosa probable, pues Mauricio no es muy dado a estrechar relaciones de familiaridad con nadie ajeno a su círculo más próximo, así que aún no conoce al vecindario. Ni tiene ganas.
- Ya veo el caso que me haces. –pero ella no se enoja, sabe cómo es su chico. Deja los libros a medio colocar, y se acerca a la ventana- ¿Quién?
- Ese hom… -deja la frase sin acabar. Donde antes estaba el extraño individuo, ahora no hay nadie. ¿Imaginaciones? El día se presta a ello, y su estado anímico también. Mauricio suspira- Bueno, debe de haberse marchado. No importa. ¿Quieres un café? Me vendrá bien.
- Claro, cariño. –Susana regresa a sus quehaceres con los libros, pensando que quizá su chico tenga un mal día, después de todo. No obstante, ríe para quitarle hierro al asunto- ¡Pero asegúrate de echarle azúcar! Ya sabes que luego no pegamos ojo hasta las tantas. Prefiero trasnochar por otros motivos, no por el café.
El guiño cómplice de su chica obliga a Mauricio, por fuerza, a sonreír. Están locos el uno por el otro. Y se les nota. Camino de la cocina, se sumerge de nuevo en un mar de interrogantes: ¿quién era ese tipo? ¿Y por qué siente un extraño desasosiego desde que llegó a esa casa? Quién sabe. Puede que sean cosas del estrés, como lo llaman los psicólogos.
2
Pasos lentos, pesados, que retumban en el extraño espacio en el que se encuentra. Desorientado, Mauricio gira sobre sí mismo. No hay más salida que ir de frente, si quiere huir de lo que quiera que sea lo que le persigue. A ambos lados, altas estanterías. Libros sin fin. ¿Qué es todo eso? Oye la respiración, agitada, de algo que va en pos de él. Suena como un animal salvaje, un depredador. ¿En una librería? El pánico trata de hacerse con él, pero aún es capaz de controlarlo. Mira a su alrededor. Sólo estanterías, ruidos, pisadas, golpes. Entonces, comprende. Es sólo un sueño. ¿O… es real? Distingue, al final del pasillo, la grotesca silueta de aquello que le pisa los talones. Deforme, monstruosa, de pesadilla. No logra verlo nítidamente, pero parece horrible. ¡Tiene que huir…! ¿Pero por dónde? ¡Las estanterías! Empieza a trepar por ellas, arrojando libros al suelo. El monstruo se acerca despacio, pero sin detenerse. Está muy cerca, ya casi puede sentir su aliento en la nuca. Nota su presencia justo a su espalda. ¡Una enorme garra le…!
- ¡Cariño, cariño! ¡Es sólo una pesadilla! ¡Mauricio! –ella le sujeta por las mejillas, mirándole fijamente a los ojos- ¡Mauricio, despierta!
Enfoca la mirada, y respira con agitado ritmo. Siente frío en el cuerpo, está sudando. Susana le observa en silencio unos segundos, comprendiendo que ha despertado.
- ¿Dónde…? –la pregunta se tambalea al borde sus labios. Los ojos, aún cargados de terror, denotan una inmersión demasiado prolongada en las pesadillas nocturnas. La luz de la mesita, que atisba de reojo, le dice que está en su cama.
- Estabas soñando, mi amor. –responde la chica, sonriendo con alivio- Has empezado a gritar como si te estuvieran haciendo daño, y no lograba despertarte.
- Ha sido un sueño raro. –murmura él- Demasiado raro.
- Intenta dormir, Mauricio. –le regala un beso de cariño, de consuelo. No está solo.
- No, voy a refrescarme la cara. Y a secarme el sudor… estoy empapado. –su voz está cargada, todavía, del temblor incontrolable que le ha causado el impresionante sueño.
- Está bien, cariño. –Susana le acaricia con delicadeza la cara, retirándole el flequillo que, a causa del sudor, tiene pegado a la frente. Acto seguido, ella regresa a las sábanas. Sabe que, aunque intente esperarle despierta, se va a dormir de nuevo, de modo que no aplaza su retorno al sueño mientras le observa caminar hacia el baño. Ve su silueta recortarse contra la oscuridad del pasillo. Y entonces, Susana vuelve a dormirse.
Qué largo se antoja un pasillo como ese, cuando es noche cerrada y ni la luz de las farolas llega a alumbra sus recovecos más oscuros. Mauricio maldice por lo bajo: no puede encender la luz, para no molestar a su chica. La oye respirar profundamente, lo cual indica que se ha quedado dormida de nuevo. No quiere despertarla con una iluminación repentina. Llega al baño y, tras cerrar la puerta, pulsa el interruptor. Un poco de agua fría le vendrá bien, no le cabe duda. Abre el grifo y, con los ojos cerrados, trata de regresar al mundo real, olvidando lo que ha soñado.
3
Amanece al fin. Los tibios rayos de sol se cuelan por la ventana del dormitorio. Susana aún duerme, pero Mauricio lleva toda la noche en vela. No ha retomado el sueño en ningún momento, tal es su miedo y su intranquilidad. Ahora que empieza a despuntar el alba, sonríe con alivio. Observa a su chica. Duerme plácidamente. La envidia tanto como la quiere. Acaricia su cara, con la ternura que sólo el amor puede regalar. En silencio, se pone en pie y se dirige a la cocina para preparar el desayuno. A ella le encanta que se lo lleve a la cama, y a él no le importa complacerla.
- No fue más que un mal sueño. –se dice una y otra vez, repitiendo la letanía como un mantra. Quizá sea cierto, pero el cosquilleo, la quemazón en su alma, persiste. No se termina de sentir cómodo en la casa. Siente como si algo en ella rechazase su presencia allí. Pero menuda tontería.
La cocina es como una gran isla luminosa, en medio de una mañana que se despereza poco a poco. Sus muebles blancos relucen con poca luz que reciban, de modo que es casi como un quirófano, pero más acogedor. Ideal para un barrio como ese, donde llueve tan a menudo y donde la luz del sol escasea. Abre el frigorífico. Lo de siempre: paté, mermelada, embutido, huevos, leche. Hay de todo, y el estómago ya le pide algo de comer. Coge el cartón de leche, el tazón y los cereales, y los deja encima de la mesa de cocina americana que tienen en casa.
- Le haré unos huevos revueltos. Tiene unos gustos muy extranjeros, mi niña. –sonríe Mauricio, deleitándose con el simple fervor que profesa a su pareja. Enciende el fuego para calentar el aceite, pone la sartén y se dirige de nuevo a la nevera para coger los huevos. Los deposita encima de la mesa, y prepara su propio desayuno mientras espera a que el aceite coja una buena temperatura.
Y, de pronto, un susurro a su espalda. Alguien le habla desde la puerta de la cocina. Su chica, sin duda, aunque no entiende lo que dice. Él se gira, intrigado por el mensaje ininteligible.
- ¿Qué dices, car…? –la frase se queda a medias. No hay nadie con él. Pero juraría que lo ha oído. Lo HA OÍDO, no le cabe duda. Pero, si no hay nadie, ¿qué es lo que ha escuchado? El recuerdo del terrible sueño le golpea con fuerza. Empieza a ponerse nervioso.
Otro sonido, esta vez desde fuera, llega a sus oídos. Descorre la cortina de la ventana para asomarse al jardincito del que dispone la casa. No hay nadie, pero es que NADIE ha hecho ruido. No se trata de QUIÉN es, sino de QUÉ es: cuervos. Al menos una docena, que se agitan en las ramas del enorme árbol del jardín. Graznan. Mauricio incluso llega a ver que… no, es imposible… ¿cómo va a SONREÍR un cuervo? Pero, ¿le están mirando? La algarabía de graznidos se ha apagado en cuanto se ha asomado por la ventana. Todos los cuervos permanecen callados, con sus ojos inexpresivos fijos en él. Un estremecimiento recorre su espalda. Más nervios para el chico. Echa la cortina, y trata de olvidarse de la escena que acaba de contemplar. Será lo mejor, sí.
4
- ¿Sabes qué día es hoy, cariño? –Susana parece ajena a todos los sucesos vividos por Mauricio. Normal, no se los ha comentado. No quiere asustarla.
- No, ¿es algún día importante? –él hace como que no le importa. Pero está empezando a asustarse.
- Esta noche es Halloween, amor. –le responde ella, echando a reír- Ya sabes, la noche en que los muertos y los espíritus rondan a los vivos, para hacerles pagar sus asuntos pendientes y…
- Ya, ya, cariño, lo capto. –Mauricio corta la explicación de su chica. No le apetece seguir asustándose. Pero ya lo está, de todas formas- ¿Piensas disfrazarte?
- No, lo cierto es que no. –Susana se encoge de hombros- Además, ¿para qué esperar a Halloween para disfrazarme? Sé que las colegialas te dan morbo, así que puedo vestirme como ellas en cualquier otro día del año, no sólo en esta fecha.
- ¿Quieres ir a cenar a algún sitio? –inquiere él.
- Cariño, todos los locales cierran esta noche, salvo las salas de fiesta. Y no quiero ir de fiesta. –el simpático gesto de Susana, poniendo morritos, hace que su chico ría por fin y le regale un beso- Esto ya está mejor. Quiero pasar una noche misteriosa contigo.
- ¿Cómo de misteriosa…? –pregunta él, atosigado de nuevo por el sueño que tuvo.
- Tanto como podamos. –le guiña un ojo, cómplice, y él entiende. Pero la verdad es que la situación, en general, no se presta a pasarlo demasiado bien.
……….
Cae la noche. Calabazas en toda la calle, en cada casa. Sonrisas macabras de vegetales naranjas que, iluminados por velas, aportan una lobreguez casi fantasmal al barrio. Y los cuervos, al atardecer, vuelven a graznar. Ya van dos veces en el mismo día. Y se dice que, si lo hacen tres veces, aquel que los oye muere de puro terror, pues se cuenta que los cuervos son los emisarios del Diablo y de la Muerte. Mauricio se estremece de nuevo.
- Noche de sofá, manta, tele y Mauricio. –ríe Susana, acoplándose en el sofá a su lado. Trae la manta, y con ella tapa los cuerpos de ambos- Ois, qué bien se está aquí.
- Apenas queda una hora para medianoche. –murmura él.
- ¿Tienes alguna idea de lo que quieres hacer? –pregunta su chica, mirándole con renovado interés. Interés carnal, es evidente.
- Espera a que den las doce, y lo verás. –su guiño travieso promete desenfreno. Susana asiente con satisfacción y se abraza a él.
5
El leve, triste, lejano y monótono tañido de las campanas de la Iglesia anuncia la medianoche, la hora en que las puertas del Infierno se abren para que los difuntos vaguen sin restricción por el mundo de los vivos. Un perro aúlla en la distancia. Mauricio, que se había dormido junto a Susana en el sofá, se despierta de golpe. A su alrededor, todo está tranquilo. La luz encendida, la televisión conectada, … Y los cuervos graznan de nuevo.
- ¡Mierda! ¿Qué ha sido eso? –pregunta, con un sobresalto, el asustado Mauricio. Algo se ha caído en el pasillo. Susana abre los ojos, y le mira con expresión extrañada- Me parece que se ha descolgado algún cuadro. Ha sonado como un cristal al romperse…
Enciende las luces para investigar. Su corazón palpita, cada vez más rápido. Y entonces lo ve: no se ha caído nada, SE HA QUEBRADO. Se ha quebrado el cristal de una foto que colgaron en la pared, donde aparecen los dos con expresión sonriente. Parece… ¡un golpe! ¿Pero … cómo? ¿QUIÉN? La cara de Mauricio, en la foto, aparece rajada. ¡Ahora sí que siente miedo! Sin pensárselo, se gira por donde ha venido para volver con Susana.
Ella, mientras Mauricio se dirige al pasillo, le espera en el sofá, tapada con las mantas. Observa a su alrededor. No está nerviosa. Hasta ese momento. Porque, de repente, una luz aparece por debajo de la puerta del armario empotrado en el saloncito. Luz amarillenta, acompañada de una leve neblina. ¿QUÉ DEMONIOS ES ESO? Está a punto de levantarse, cuando oye a Mauricio gritar en el pasillo. Pero no le da tiempo a girarse: la manta parece cobrar vida, ciñéndose a su cuerpo como una segunda piel, e impidiendo que se mueva. Susana aúlla con terror, tratando de liberarse. Mauricio, a medio camino de regreso, lo ve todo: el armario se abre, dejando ver un pasillo en llamas dentro de él, y una oscura silueta que se recorta contra la abrasadora claridad. Y el sofá en el que Susana trata de liberarse, comienza a moverse en dirección a él.
- ¡No! ¡No! ¡Por lo que más quieras! ¡A ella no…! –ruega Mauricio, corriendo hacia el salón. Pero, cuando está a punto de alcanzar la entrada, la puerta se le cierra. Es incapaz de girar el picaporte- ¡NO! ¡NO!
El sofá se desliza entonces hacia el armario, hacia el desconocido. Los gritos de Susana son lo último que Mauricio escucha, antes de que el silencio y la quietud se apoderen de nuevo del salón…
……….
- ¿Víctimas? –pregunta el inspector de la policía, moviéndose entre los precintos y los agentes que llenan la casa.
- Aquí vivía una pareja, señor. –responde un policía- Pero sólo le hemos encontrado a él.
- ¿Y la chica?
- No hemos encontrado el cuerpo. Y él, bueno, ya lo ha visto. No tiene signos de violencia.
- ¿Qué insinúa entonces? –pregunta el inspector, mientras se dirige hacia la puerta para poder fumar sin entorpecer el procedimiento de la policía científica. El agente va con él.
- No insinúo nada, inspector. –declara el policía- Sólo hemos sabido que el sofá fue arrastrado hacia el armario, y que él estaba fuera del salón, con la puerta atrancada. Parece que murió de puro terror.
- Qué forma más estúpida de morir. –gruñe el inspector, atravesando el jardín en dirección a su coche.
Noche de Halloween. Un suicidio, probablemente, y una desaparición. El inspector se detiene. Un sonido ha llamado su atención. Levanta la vista, y se fija en los cuervos que graznan en el árbol.
No puede ser. CASI JURARÍA QUE LE ESTÁN SONRIENDO.